La lectura es, quizás, una de las herramientas más poderosas que tiene una persona para transformar su vida. A través de ella comprendemos el mundo. Sin embargo, en Chile esa puerta no se abre de la misma forma para todos. Detrás de los índices nacionales de comprensión lectora se esconde una realidad silenciosa: una profunda brecha que no solo mide habilidades, sino que refleja desigualdades estructurales.
En los sectores con mayores vulnerabilidades socioeconómicas, leer no siempre es una práctica cotidiana, ni mucho menos una experiencia placentera. Las familias, muchas veces sobrecargadas por las demandas laborales y económicas, carecen de tiempo y recursos para acompañar los procesos lectores de sus hijos e hijas. La lectura se vuelve, entonces, una tarea escolar más, desconectada del hogar y del goce que debería despertar.
Es en este punto donde la desigualdad lectora no se limita al acceso a libros o materiales, tornándose en un tema que abarca el contexto y el estímulo que esté o no presente. Es así como, en los hogares donde existen conversaciones, preguntas, cuentos antes de dormir o simples momentos de lectura compartida, se construye un capital simbólico que refuerza la confianza, la curiosidad y el pensamiento crítico. En cambio, cuando la urgencia diaria impide esos espacios, se erosiona el desarrollo de habilidades que la escuela por sí sola no puede suplir.
A esto se suman las diferencias en los recursos personales: autoestima, motivación y sentido de logro. Un niño o niña que crece sintiendo que “leer no es para él” o que su entorno no valora ese esfuerzo, difícilmente encontrará el placer o el sentido de la lectura. En ese plano, el acompañamiento emocional y familiar es tan o más relevante que el material, en otras palabras, cuando el aprendizaje ocurre en el amor y el juego, florece la comprensión.
Para Humberto Maturana, desde su mirada biológica y epistemológica del conocimiento, no aborda la lectura solo como una habilidad técnica o escolar, sino como un proceso relacional y emocional profundamente humano. Para él, aprender a leer no es únicamente decodificar signos, sino un acto que ocurre dentro de un contexto de amor, emoción y convivencia.
En esa línea, Fundación Araucanía Aprende ha desarrollado una labor significativa al incorporar a madres, familiares y adultos significativos en los procesos de aprendizaje lector de los niños y niñas. Este enfoque reconoce que el vínculo afectivo y la presencia de un adulto comprometido pueden marcar la diferencia entre aprender a leer y disfrutar la lectura, entre el esfuerzo aislado y la experiencia compartida. Al integrar a las familias, la Fundación no solo fortalece habilidades lectoras, sino que también reconstruye redes de apoyo y confianza en comunidades donde la educación muchas veces ha sido percibida como un desafío individual.
Reducir la brecha lectora no depende solo del sistema educativo: es una tarea comunitaria y cultural. Requiere políticas que garanticen acceso equitativo a recursos, pero también una mirada integral que reconozca el rol de las familias y los territorios como espacios de desarrollo humano. Porque leer no es solo decodificar palabras: es construir identidad, ciudadanía y futuro.
La desigualdad lectora es una desigualdad que no siempre se ve, pero que se siente en cada oportunidad que se pierde. Y es deber de todos -escuelas, familias, instituciones y sociedad-hacer visible esa brecha para transformarla en un puente hacia la equidad.
La lectura es, quizás, una de las herramientas más poderosas que tiene una persona para transformar su vida. A través de ella comprendemos el mundo. Sin embargo, en Chile esa puerta no se abre de la misma forma para todos. Detrás de los índices nacionales de comprensión lectora se esconde una realidad silenciosa: una profunda brecha que no solo mide habilidades, sino que refleja desigualdades estructurales.
En los sectores con mayores vulnerabilidades socioeconómicas, leer no siempre es una práctica cotidiana, ni mucho menos una experiencia placentera. Las familias, muchas veces sobrecargadas por las demandas laborales y económicas, carecen de tiempo y recursos para acompañar los procesos lectores de sus hijos e hijas. La lectura se vuelve, entonces, una tarea escolar más, desconectada del hogar y del goce que debería despertar.
Es en este punto donde la desigualdad lectora no se limita al acceso a libros o materiales, tornándose en un tema que abarca el contexto y el estímulo que esté o no presente. Es así como, en los hogares donde existen conversaciones, preguntas, cuentos antes de dormir o simples momentos de lectura compartida, se construye un capital simbólico que refuerza la confianza, la curiosidad y el pensamiento crítico. En cambio, cuando la urgencia diaria impide esos espacios, se erosiona el desarrollo de habilidades que la escuela por sí sola no puede suplir.
A esto se suman las diferencias en los recursos personales: autoestima, motivación y sentido de logro. Un niño o niña que crece sintiendo que “leer no es para él” o que su entorno no valora ese esfuerzo, difícilmente encontrará el placer o el sentido de la lectura. En ese plano, el acompañamiento emocional y familiar es tan o más relevante que el material, en otras palabras, cuando el aprendizaje ocurre en el amor y el juego, florece la comprensión.
Para Humberto Maturana, desde su mirada biológica y epistemológica del conocimiento, no aborda la lectura solo como una habilidad técnica o escolar, sino como un proceso relacional y emocional profundamente humano. Para él, aprender a leer no es únicamente decodificar signos, sino un acto que ocurre dentro de un contexto de amor, emoción y convivencia.
En esa línea, Fundación Araucanía Aprende ha desarrollado una labor significativa al incorporar a madres, familiares y adultos significativos en los procesos de aprendizaje lector de los niños y niñas. Este enfoque reconoce que el vínculo afectivo y la presencia de un adulto comprometido pueden marcar la diferencia entre aprender a leer y disfrutar la lectura, entre el esfuerzo aislado y la experiencia compartida. Al integrar a las familias, la Fundación no solo fortalece habilidades lectoras, sino que también reconstruye redes de apoyo y confianza en comunidades donde la educación muchas veces ha sido percibida como un desafío individual.
Reducir la brecha lectora no depende solo del sistema educativo: es una tarea comunitaria y cultural. Requiere políticas que garanticen acceso equitativo a recursos, pero también una mirada integral que reconozca el rol de las familias y los territorios como espacios de desarrollo humano. Porque leer no es solo decodificar palabras: es construir identidad, ciudadanía y futuro.
La desigualdad lectora es una desigualdad que no siempre se ve, pero que se siente en cada oportunidad que se pierde. Y es deber de todos -escuelas, familias, instituciones y sociedad-hacer visible esa brecha para transformarla en un puente hacia la equidad.
María Constanza Marchant Cordero
Vicepresidente Directorio Fundación AraucaníAprende



